El Río y la Tierra: Encontrando un fundamento en la cultura de la Posverdad

 

Por Abdu Murray*

Hace un tiempo atrás estaba en un ferry  para automóviles, cruzando el río entre Michigan y Ontario. En el mismo instante que el ferry comenzó a moverse, mire hacia la radio de mi carro y no pude ver la partida. Porque me quedé en mi carro, su peso evitó que sintiera la salida del puerto. Mirar hacia arriba y ver el movimiento del río me trajo una sensación de vértigo, al no saber si es que en realidad estaba en movimiento. Fijarme en el bote no me ayudaba, pues era probable que también se estuviera moviendo. El incesante movimiento del rio no me proveía un punto fijo de referencia. Solo la tierra firme podía ayudarme a dilucidar mi confusión.

Cada vez que nos encontramos en una situación como esta, instintivamente tratamos de lidiar con nuestra desorientación buscando rápidamente un fundamento sólido, algo que no dependa de nuestros sentimientos. Es más, reconocemos que en esos momentos  nuestros sentimientos son el problema. Pero imagina si la tierra que miramos también se estuviera moviendo.  Flotando en el río, yo nunca hubiera sido capaz de encontrar un punto de referencia. Mi confusión hubiera persistido y mi desasosiego no se hubiera apartado. Pero hoy en día estamos obsesionados con estar en el río.

Queremos definir nuestra realidad como nos parezca mejor. Nuestra cultura parece aceptar la confusión como una virtud y descartar a la certeza como si fuera un pecado. ¿Y por qué? porque estar seguros basándonos en hechos objetivos interfiere con uno de los máximos ideales modernos: la autonomía del individuo sin restricción alguna.

Y sin embargo, la práctica de subordinar la verdad a nuestros sentimientos es antiquísima. Durante el juicio más importante de todos los tiempos, Pilato estuvo ante Jesús declarando tener la autoridad del imperio más poderoso del mundo conocido. Jesús estuvo ante Pilato y declaró ser la Verdad encarnada. Jesús dijo que su autoridad y su mensaje no estaban basados en las vicisitudes del poder o de las emociones, sino en la verdad inmutable. –Tú dices que soy un rey–respondió Jesús a Pilato–. En realidad, yo nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad. Todos los que aman la verdad reconocen que lo que digo es cierto–. Jesús le da la oportunidad de la vida a Pilato de hacer la pregunta perfecta subsecuente. La forma de la pregunta de Pilato es, de hecho, perfecta pero la motivación detrás de ella era todo menos eso. –¿Qué es la verdad?– preguntó Pilato y luego salió antes de que Jesús pudiera responderle. Es una salida de escena dramática. Aquí Pilato pierde la oportunidad de la vida por una retórica última palabra. Muchos en nuestra cultura de la posverdad hacen lo mismo cada día.
Como si tratase de probar este punto, el diccionario de Oxford seleccionó el término  “posverdad” (post-truth en inglés) como la palabra del año en el 2016. Según Oxford, algo es posverdad si es  “en relación o denotando circunstancias en las que los hechos son menos influyentes en la opinión pública que las apelaciones a emociones o creencias personales”. Para ser considerada como palabra del año, no es necesario que sea nueva. Como reporta Katy Steinmetz de la revista Time, la palabra debe capturar las preocupaciones y el estado anímico de la cultura. La posverdad captura eso exactamente. Aunque la palabra en el inglés se remonta por lo menos a 1992, su uso durante el 2016 creció en un 2000%.  Puede sonar extremadamente alto, pero detengamonos  a reflexionar en lo acontecido en los últimos meses. ¿No han sido los hechos descartados por interferir en medio de una historia respaldada por  buena agenda? ¿Acaso no es verdad que nuestra susceptibilidad a la ofensa, a la indignación y a las preferencias personales ha moldeado nuestra cultura y ahora determinan hasta las palabras que podemos decir en una sociedad supuestamente libre? Es difícil pensar en una palabra más adecuada para describir el espíritu de esta era.

La película “La pasión de Cristo” del 2004 ofrece una descripción ficticia aunque escrituralmente consistente de la conversación subsecuente entre Poncio Pilato y su esposa. Luego de que Pilato enviara a Jesús donde Herodes para ser juzgado para no tener que hacerlo él mismo, sentado en la corte, Pilato le hace a su esposa la misma pregunta que le hizo a Jesús.

-¿Qué es la verdad, Claudia? ¿La escuchas, la reconoces cuando es hablada?– le pregunta.

 Sí, si lo hago. ¿Tú no?

¿Cómo lo hago? ¿Puedes decirme?

Ella le responde con el candor de una esposa que lo conoce tanto tiempo.

Si no escuchas la verdad – ella responde-, nadie podrá decírtela–. Así como con Jesús, Pilato no escucha sus palabras pues las ramificaciones políticas y emocionales de evaluar la verdad eran demasiado grandes.

¿La verdad?- le responde – ¿Quieres saber cuál es mi verdad, Claudia? He estado apagando rebeliones en este apestoso lugar por once años; si no condeno a ese hombre, sé que Caifás comenzará una rebelión. Si lo condeno, entonces sus seguidores se alzarán. De cualquier forma habrá sangre derramada. El César me lo advirtió, Claudia; dos veces. Me juró que la próxima sangre en caer sería la mía. ¡Esta es mi verdad, Claudia!-. Aunque Pilato pronunció cuatro veces la palabra “verdad”, el subordinó la verdad a sus ramificaciones y deseos personales. Verán, Pilato no era verdaderamente un escéptico. Él era un cínico.

Un escéptico no cree que una declaración es  verdadera hasta que haya suficiente evidencia para ello. Un cínico no la creerá aun cuando se le presente toda la evidencia.

Pilato es un hombre de la posverdad, viviendo con una mentalidad posverdadera. Qué ironía, que su rechazo cínico a la voz de la Verdad resultó en la misma crucifixión que liberó al mundo. Volveremos a este punto más adelante.

Subordinar la verdad a un deseo personal es seductivamente fácil, dada nuestra condición humana. Somos seres intelectuales, usamos la razón para darle sentido a nuestro mundo. Al mismo tiempo, somos seres emocionales, buscando  darle un sentido y realización a nuestras vidas.

El problema viene cuando elevamos los sentimientos sobre los hechos, creyendo que nuestras preferencias personales son las que determinan nuestro significado  y realización. Abandonamos la verdad objetiva. Abandonamos lo que es trascendente. Ya no solo elevamos nuestras preferencias personales sobre la verdad.

facts feelings

Elevamos nuestras preferencias personales sobre las preferencias de otros. Cuando esto sucede, la libertad sufre  la más irónica de las muertes bajo el golpe de la autonomía individual. Este es el estado de ánimo que lleva al incremento de los  feroces ataques contra la Biblia como un estándar de verdad y de conducta. Muchos se oponen a las Escrituras como un método de control anticuado que  reprime arbitrariamente algunos comportamientos humanos. Esto se origina cuando fallamos en notar las diferencias entre la autonomía individual sin restricciones y la verdadera libertad. No son lo mismo. La Biblia se opone a la primera y aboga por la segunda.

La autonomía individual sin restricciones solo puede llevar al caos. Piensa en las preguntas que surgen ahora. ¿Qué significa ser hombre o mujer? ¿Son las únicas dos posibilidades? ¿Podemos, quizás, unirnos a las computadoras, perfeccionándonos a nosotros mismos y así convertirnos en nuestros propios dioses? Me recuerda a las palabras de Alexander Pope en Ensayos sobre el Hombre:

¡Anda, tú que te crees más sabio, y pesa en la balanza de la razón tu opinión contra la Providencia: llama imperfección la que tú te imaginas tal; di, aquí ha dado demasiado, allí no ha dado bastante; destruye todas las criaturas por tu antojo o pasatiempo; y exclama sin embargo; si el hombre es miserable, si no se lleva él solo toda la atención del cielo, y es el único ser perfecto aquí, y después inmortal, Dios es injusto… ¡anda, arranca de su mano la balanza y el cetro, juzga a la justicia misma, y hazte el dios de Dios!

Nuestros errores, amigo mío, nacen del orgullo en el discurrir. Todos se salen de su esfera, y se remontan hasta las estrellas. Siempre se ha propuesto la vanidad las moradas celestiales; los hombres quisieron ser ángeles, y los ángeles ser dioses. Si los ángeles que aspiraron a ser dioses cayeron, los hombres que aspiran a ser ángeles serán rebeldes. Y el que ose solo desear el trastorno de las leyes del orden peca contra la Eterna Causa.

Mi hijo mayor tiene doce años y mi hijo menor, ocho. El mundo que mi hijo de doce heredará a los dieciocho será bastante diferente del mundo al que yo entré cuando tenía su edad. Pero el mundo que el menor recibirá a los dieciocho será todavía más distinto de aquel que mi hijo mayor recibirá sólo cuatro años antes. Esta es la geométrica aceleración a la que la cultura de la posverdad se rebela contra la Eterna Causa.

Interesantemente, la mentalidad de la posverdad  germinó en medio de un hermoso jardín mucho tiempo atrás. Dios les dio a Adán y a Eva libertad en el Edén para que ellos pudieran disfrutar de una relación con Él; esa es la razón misma de la creación. Tenían una única restricción. No podían comer del árbol del conocimiento de bien y del mal. Una vez que lo hiciesen comenzarían a darse cuenta de la maldad, y eso los llevaría a desear no solo  conocer el bien y el mal, sino a determinar el bien y el mal. Fue su deseo por  autonomía irrestricta lo que satanás usó para tentarlos. Les dijo que no morirían si comían la fruta, más bien serían como Dios. Ahí es cuando la fruta se vuelve apetecible. Lo que Dios les dijo no importó más. Los deseos y los sentimientos se elevaron sobre la verdad objetiva. Y esta es la semilla de la mentalidad posverdadera que ha florecido en nuestros días.

Aunque las preguntas parecen multiplicarse día a día, todas se centran en el mismo tema: ¿Qué significa ser humano? ¿Nuestra humanidad significa tener autonomía individual sin restricciones? Sin importar las sutiles diferencias en nuestra manera de formularlas, siempre se repiten las mismas preguntas. G.K. Chesterton observó con presagio este fenómeno en su obra Ortodoxia. “El libre pensar ha agotado su propia libertad. Está hastiado de sus propios éxitos […] No hemos dejado preguntas por preguntar. Hemos buscado interrogantes en los rincones más sombríos y en las cumbres más inexploradas. Hemos hallado todas las preguntas que se pueden hallar. Ya es hora de que cesemos de buscar interrogantes y comencemos a buscar respuestas.”

El Evangelio ofrece liberarnos de las garras de la autonomía irrestricta de la posverdad. La verdadera libertad viene cuando somos capaces de vivir nuestras vidas en el sentido más pleno de lo que se supone debería ser.

Fuimos creados para relacionarnos con el Dios trascendente, aquel en  quien la realidad encuentra su soporte y la humanidad su propósito. Para vivir esa libertad debe haber límites. Mis hijos simplemente no tienen la libertad de jugar afuera sin los límites que los protegen de las calles adyacentes a nuestro patio trasero. Jesús enseñó que permanecer en los límites brindados por la verdad nos hará libres. Jesús dijo: -“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32, RV60). La ignorancia de su audiencia sobre la esclavitud es fascinante. “Nosotros somos descendientes de Abraham —le contestaron— y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?” (v.33). Jesús no los dejará viviendo engañados. Con su característica mezcla de franqueza y compasión expone al corazón humano y ofrece el remedio al mismo tiempo respondiéndoles: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”. (v. 34-36). ÉL dijo que la verdad los haría libres y poco después dijo que es el Hijo quien los haría libres. Él equiparó su propia persona con la verdad. ¿No es acaso una respuesta poética a la cultura de la posverdad que eleva a las preferencias personales sobre la verdad? En Jesús la Verdad es personal.

La verdad tiene que ser personal si su propósito es llegar a nuestras mentes y corazones.

Hay hechos, datos que son importantes para nuestra existencia, como el hecho que el agua hierve a 100 grados centígrados. Pero ¿es ese pedacito de información relevante para nosotros en el sentido de que resuelve nuestras interrogantes mas profundas, las que nos persiguen durante la noche? ¿Acaso nos levantamos esta mañana sintiéndonos agradecidos de que el agua hierve a 100 grados y no a 101? Para estar seguros, los hechos y la razón no son determinados por nuestras preferencias personales o nuestras necesidades. Pero se vuelven relevantes cuando estas están conectadas a la realización de nuestras necesidades legítimas. En su libro, Razones existenciales para la creencia en Dios, Clifford Williams lo pone astutamente: “La necesidad sin la razón es ciega, pero la razón sin la necesidad es estéril.” Nuestra búsqueda por la inteligibilidad nos impulsa al entendimiento intelectual. Nuestro deseo por realización nos impulsa a tener una conexión emocional.

En Jesús tenemos tanto la verdad que lleva al entendimiento como la persona que provee la conexión emocional. Él es la verdad que nuestra mente busca y la persona que nuestros corazones necesitan. Él valida tanto emociones como hechos sin sacrificar ninguno de los dos.

Las palabras de Jesús exponen el hecho de nuestro pecado. El hecho de su crucifixión demuestra su amor inigualable por nosotros. El hecho de su resurrección nos provee de la alegría de conocer que nuestra realización puede ser real. Aquí están, alegría y conocimiento, sentimientos y hechos. La cultura de la posverdad que eleva solo los sentimientos por encima de la verdad solo nos da la mitad de la imagen. Y al estar solo medio bien, está completamente mal. Nos ofrece solo el río, no la tierra inamovible. Jesús es el río y la tierra, la fuente de agua viva y la roca firme de nuestra salvación. Entonces, ¿Qué es la verdad? Nos preguntamos. La respuesta es que la verdad es personal.

 

*Abdu Murray es Director para Norteamerica de RZIM, reside en Michigan, USA.
Traductora voluntaria:  Mariela Benites

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