Aferrándome a la Esperanza

Por Margaret Manning*

 

“No tengas miedo”, me decía mi instructor animándome, mientras mi caballo continuaba retrocediendo y acercándose cada vez más al borde del sendero. El “borde” una vez cruzado, sin duda significaría que el caballo y el jinete se derrumbarían por un terraplén de casi tres metros. “No tengas miedo” sonaba tonto e ingenuo para mí, mientras el caballo seguía ignorando las ansiosas pataditas que le daba con las piernas. “Cuidado; ¡Nunca montes un caballo!” habría sonado más apropiado dadas las circunstancias. Tenía miedo, estaba incluso aterrorizada, mientras mi caballo retrocedía tan cerca del abismo.

El miedo es una emoción totalmente apropiada e incluso necesaria cuando se enfrenta el peligro. El miedo apropiado enciende la respuesta de “lucha o huida” en el mundo animal. Y para los seres humanos, nosotros también experimentamos una respuesta de “lucha o huida” ante el peligro o daño a la vida. Pero nuestra respuesta es mucho más profunda que simplemente el instinto de sobrevivir. El escritor Scott Bader-Saye argumenta: “Tememos el mal porque amenaza las cosas que amamos: la familia, los amigos, la comunidad, la paz y la vida misma. La única manera segura de evitar el miedo, entonces, es amar menos o no amar nada. Si no amamos nada, no tendríamos miedo, pero esto difícilmente sería considerado una buena cosa.” (1) Sentimos miedo como tenemos miedo de perder lo que amamos.

De modo interesante, más que cualquier otro mandamiento en la Biblia cristiana, a los cristianos se les manda “no temer” y “no tener miedo”.(2) De hecho, la advertencia de no tener miedo se ofrece 366 veces (una para todos los días del año y para el año bisiesto). Y al igual que mi instructor, que pronunció esas palabras en medio de mi crisis de equitación, también los escritores de la Biblia registran estas palabras en medio de una crisis, o justo antes de que la vida se ponga de cabeza. Por ejemplo, en las narraciones del nacimiento tanto de Juan el Bautista como de Jesús, a Zacarías y a María se les dice “no tengan miedo” aunque estén siendo visitados por un ser angelical, no un visitante común o típico. Además, María es soltera, sólo una niña. Seguramente, debió de temer las repercusiones de un embarazo no planeado, incluyendo la posibilidad de que su prometido, José, la rechazara. En el centro de sus peores temores, a estas y otras figuras bíblicas se les dice que no tengan miedo.

A raíz de los bombardeos, los desastres naturales o las crisis personales y el caos que sigue, pronunciar estas palabras suena tan ingenuo y desconcertante, como cuando escuché las palabras que mi instructor me dio cuando mi caballo retrocedía al terraplén de tres metros.

Tenemos muchas, muchas razones para sentir miedo en gran parte porque sentimos que tenemos mucho que perder. El “no tengas miedo” resuena en nuestra mente -abracemos o no la fe cristiana- y nos preguntamos cómo vivir valientemente en un mundo lleno de terraplenes empinados y caminos peligrosos que podrían quitarnos todo lo que nos es cercano y querido.

Jacques_Du_Brœucq_-_L'Espérance   L’Espérance de Jacques Du Brœucq

Aunque no hay referencias explícitas a la esperanza en la enseñanza de Jesús, él también animó a sus seguidores a “no estar ansiosos”, sino a confiar en el Dios en el que se puede confiar incluso frente a nuestras ansiedades. La esperanza, contrariamente a lo que muchos de nosotros podríamos creer, no es la ausencia de miedo, sino que muchas veces surge en medio del miedo. Es a la vez lo que nos ancla en medio de la tormenta, y lo que nos obliga a avanzar -aunque sea dificultosamente- hacia nuestros objetivos, hacia otros y hacia el Dios al que el apóstol Pablo nombra el “Dios de la esperanza” en su carta a los Romanos.

 Nos aferramos a la esperanza, así como me aferré a mi caballo mientras se deslizaba hacia atrás conmigo en su espalda, cayendo en ese terraplén que parecía sin fondo, cayendo ahí donde temía que terminaría con su vida y mi vida. Así me aferré desesperadamente al Dios que es misterioso, y de quien no tenemos control. Hay un misterio en la esperanza porque no sabemos cómo Dios intervendrá.

Viví para contar sobre mi aventura a caballo sin siquiera un hueso roto, ni los míos ni los de mi caballo: No había podido ver el ancho sendero debajo de mí que me abrazaba, y ofrecía pie seguro para mi corcel descarriado. Y es que nuestras vidas son a menudo de esta manera; a menudo tenemos miedo porque no podemos ver dónde vamos a aterrizar.

 En medio de cuerpos rotos, miembros mutilados o diezmados, y en la pérdida de la vida misma el miedo puede cegar, desorientar y desmantelar todo lo que era normal antes. Pero la esperanza anhela sostenernos y apoyarnos en medio de nuestros temores. La esperanza es como un lugar ancho, un ancho sendero debajo de nosotros. Y aunque sabemos de los que cayeron y no fueron capturados, aunque todos sabemos que eventualmente la vida terminará para todos a quienes amamos y queremos, aunque a menudo tememos que un mundo se destruya, el Dios de la esperanza está trabajando, trayendo a la vida a los que están muertos: No tengas miedo.

*Margaret Manning Shull es un miembro del equipo de conferencistas y escritores del Ministerio Internacional de Ravi Zacharias en Bellingham, Washington.
(1) Scott Bader-Saye, siguiendo a Jesús en una cultura del miedo (Grand Rapids: Brazos Press, 2007), 39-40.
(2) Lloyd Ogilvie citado en John Ortberg, si quieres caminar sobre el agua tienes que salir del barco (Grand Rapids: Zondervan, 2001), 118.
Traductora Voluntaria: Angela Martinez Seminario

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