Historia de la Creación

Por Jill Carattini*

Una vez alguien me dijo que, para ella, la premisa más reconfortante del cristianismo era la seguridad de un principio. Su educación hindú había sido menos clara en ese aspecto. “En el principio Dios creó los cielos y la tierra…”. Estas primeras palabras de la Escritura proclaman audazmente que no estamos perdidos ni vagamos en un círculo cósmico de tiempo y accidente, aislados de todo significado más allá del nombre o reputación que forjamos para nosotros. En el corazón del cristianismo está uno que participó en la fundación del mundo y que, con amor, belleza y sabiduría, hizo que la vida y la historia comenzaran.

Para el cristiano, esta reconfortante premisa se profundiza en la imagen de la creación como el trabajo de colaboración de un Dios trino relacional. El relato de la creación en el Evangelio de Juan corre en paralelo a los relatos de la creación del libro de Génesis, excepto que Juan aclara que el Padre no estaba actuando solo. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres(1).  De manera similar, Pablo describe a los colosenses el papel fundamental del Hijo en la creación, refiriéndose a Jesucristo como “la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él (2).

Los escritores del Nuevo Testamento afirman, sin lugar a duda, la dependencia de la creación en el Antiguo Testamento con el hacedor del cielo y de la tierra. Pero agregan a esta afirmación que toda la creación –desde el principio hasta ahora– se ve a través de la luz de Jesucristo. Cristo es la Palabra de Dios y existe con Dios desde siempre. Él es el único que creó los cielos, el que mantiene todas las cosas, y sostiene el universo con su palabra, incluso ahora. También, como el Hijo, se afirma en la Escritura que el Espíritu se encuentra presente en el principio y sustenta toda la creación: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca”(3) .  En palabras de Jürgen Moltmann, la creación permanece como un hermoso regalo de colaboración: “La creación existe en el Espíritu, es moldeada por el Hijo y creada por el Padre. Por lo tanto, es de Dios, a través de Dios, y en Dios (4).

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Para alguien como mi amiga, esto indica mucho más que simplemente otros medios de una religión para tratar la cuestión filosófica del origen.  Se nos da el mundo a través de un creador bueno, creativo y relacional. De hecho, el trabajo de la creación es el desbordamiento de esta relación divina. A partir de la plenitud de vida en la Trinidad, la creación no surge de ninguna carencia o necesidad de Dios, sino de su buena y amorosa abundancia. Por esta razón, se afirma que la creación es buena en toda la Escritura: como el creativo desbordamiento de una comunión divina, la creación tiene la misma imagen de su creador. Por eso, Agustín sostuvo que hay un rastro de la Trinidad en cada criatura.

De esta amorosa abundancia, el Padre, el Hijo y el Espíritu se unieron al mundo desde el principio. Dejando esta marca, la humanidad a su imagen, la comunión divina de Padre, Hijo y Espíritu presenta una imagen de la misma comunidad que Dios quiso para el mundo, una comunión a la cual Dios continúa invitándonos, mientras Cristo restaura el camino hacia una nueva creación.

En efecto, esta es una premisa reconfortante. Es la historia de una creación que se extiende desde el principio de los tiempos y continúa incluso en el momento más insignificante de nuestros días. La bondad de Dios se puede ver en las actividades diarias de un mundo inmenso y sorprendente. En esta imagen de la creación de Dios, el cristianismo ve un mundo llamado a participar en su historia de origen, para “probar y ver que el Señor es bueno”, para deleitarse en Dios como hacedor de todas las cosas, y así unirse a la comunión de una Trinidad creativa que trabaja para hacer que todo sea nuevo. Hoy y desde el principio, no estamos solos ni sin propósito; fuimos hechos y estamos siendo rehechos por el Padre, el Hijo y el Espíritu, el hacedor del cielo y de la tierra.

*Jill Carattini es jefe de Edición de A Slice of Infinity, en Ravi Zacharias International Ministries en Atlanta, Georgia.

(1) Juan 1: 1-4 (RV60).

(2) Colosenses 1: 15-17 (RV60).

(3) Salmo 33: 6 (RV60).

(4) Jürgen Moltmann citado en Donald McKim, Introducing the Reformed Faith (Louisville: John Knox Press, 2001), 40.

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