Invisible

Por Stuart McAllister*

 

Hay algo profundamente perturbador sobre las amenazas biológicas. La idea en sí, de virus o toxinas invisibles pero mortales es una pesadilla moderna. Lo triste es que tenemos demasiados ejemplos reales para alimentar nuestros miedos. Para muchas personas en la ciudad industrial de Bhopal, en la India, un día normal de trabajo se convirtió en una catástrofe de proporciones bíblicas mientras las personas eran envenenadas y morían por una fuga de gas de una fábrica local. Una catástrofe similar fueron los eventos ocurridos alrededor del reactor de la Planta de Energía Nuclear en Chernóbil, que combinaron lo peor del remanente del secretismo y paranoia de la era Soviética con una catástrofe de proporciones realmente estremecedoras. Cientos de jóvenes fueron enviados de manera apresurada a apagar un incendio, sin saber nada de la mortal radiación que saturaba el área; y como resultado, miles murieron. Y finalmente, los recientes ataques químicos en Siria fueron desgarradores.

 La importancia e influencia de estos mortales eventos nos afectan profundamente. Los sentimos intensamente. Hay cosas en nuestro universo que son invisibles, pero reales y a veces mortales. Asimismo, hay tan solo unos pocos mecanismos de seguridad garantizados para protegernos, bajo cualquier circunstancia, del daño. Este sentimiento de vulnerabilidad, esta sensación de que hay cosas fuera de nuestro control, esta noción de impotencia es algo que la mente moderna encuentra repulsivo. Queremos seguridad, demandamos certeza, y nos sentimos con derecho a una garantía. Pero, ¿qué clase de garantía? ¿es posible encontrarla?

 Hace muchos años, Ernest Becker escribió un libro bastante desafiante llamado “La Negación de la Muerte”. Él ilustró cómo la sociedad trabaja para crear sistemas de héroes y elabora maneras de suprimir o evadir la realidad por completo. Woody Allen añade una cuota de humor al problema: “No es que tenga miedo de morir, simplemente no quiero estar ahí cuando eso pase”.

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Gustave Courbet, A Burial at Ornans, óleo sobre lienzo, 1859

Sobre esto, el relato cristiano habla claramente a este dilema humano. En su primera carta a los Corintios, el apóstol Pablo escribe, “Así como en Adán todos mueren”. No hay excepciones, no hay rutas de escape, ni salidas. Es tan inclusivo como suena.  La muerte no discrimina. Respeta a todos.

 No obstante. él apóstol no se detiene aquí. Continúa para decir que en Cristo todos volverán a vivir. Esta es la gran diferencia. La muerte ocurre a una escala del cien por ciento. Para poner esto en términos teológicos, nuestra conexión con Adán es inviolable. Todos somos descendientes y herederos de todo lo que esto implica. Como aquellos infectados con un virus mortal, el problema no es la moralidad o hacer un esfuerzo. Necesitamos una solución, un antídoto más allá de nosotros. Lo que Cristo encarna es una respuesta que es un intercambio.

 ¿A qué me refiero? Todos estamos sujetos al proceso de la muerte, vulnerabilidad y sufrimiento que es parte de la condición humana. Pero hay una invitación a una humanidad más profunda en la invitación que Jesús encarna para nosotros. ¿Qué significa esto? Muchas cosas. Significa que el Jesús encarnado, humano y resucitado nos brinda lo que no podemos obtener por nosotros mismos (entiéndase restauración y ayuda). Significa que podemos entregar nuestras fallas y buscar Su Rostro. Y significa que podemos abrirnos para recibir un nuevo tipo de vida por dentro y por fuera por medio del don del Espíritu Santo.

 Estos dos grandes antagonistas, la vida y la muerte, participan en el relato cristiano. Mientras veo a la gente envejecer y decaer, reconozco algo triste y bueno al mismo tiempo. La muerte es inflexible, pero la muerte no es el final. Incluso ahora, Jesús está trabajando para hacer todas las cosas nuevas. Pero también nosotros, algún día, pasaremos por la muerte y la plenitud de la resurrección. Joni Eareckson Tada me hizo comprender esto hace algunos años mientras hablaba desde su silla de ruedas, testificando de su amor por Jesús y sus grandes expectativas como creyente, a pesar de su sufrimiento, real en sí, y sus restricciones como parapléjica. Nos anunció a todos que danzaría cuando vea a Jesús cara a cara. Y yo lo creo. Esta es una esperanza sobre la resurrección que nos da una garantía el día de hoy y una certeza el día de mañana. Hay muchas amenazas invisibles pero reales; así como también hay promesas invisibles pero reales. “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”.

 

*Stuart McAllister es un especialista de apoyo global en Ministerios Internacionales Ravi Zacharias en Atlanta, Georgia.

Traductor Voluntario: Jacinto Cristobal

 

 

 

 

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