“¿POR QUÉ ESCÉPTICOS NO PUEDEN OÍR MIS ARGUMENTOS?”

Aunque a menudo notamos la disparidad radical entre el secularismo y el cristianismo, eso no nos impide asumir tácitamente que nuestros interlocutores seculares reconocerán por lo menos la plausibilidad de nuestros argumentos racionales por la fe. Pero frecuentemente no lo hacen. ¿Por qué? ¿Será porque son menos racionales de lo que creían de si mismos? ¿Serán simplemente tercos? ¿Será porque no quieren que exista un dios?

Aunque cada una de estas preguntas pueda traer algo de luz sobre la situación, no pienso que lleguen al meollo del asunto. Es más, pienso que frecuentemente sirven como un pretexto para descartar la perspectiva de nuestros amigos seculares, y auto-felicitarnos por haberles dado nuestro mejor esfuerzo. (Lamentablemente, estoy hablando por experiencia aquí.) Creo que una mejor pregunta sería: ¿Qué me estoy yo perdiendo? ¿Por qué no me está escuchando? (1)

Arte de Craig Hawkins. Supervention No. 23, Acrílico con monotipia en papel, 22 x 22 pulgadas, 2015

Considere le evidencia histórica de la resurrección de Jesús. A pesar de su ilustre historial con escépticos, muchos no-creyentes simplemente lo descartan de ante mano. ¿Por qué? Resulta que hay un pensador brillante detrás del telón, y necesitamos conocerlo. El filósofo escoces David Hume dedicó una sección entera en su ensayo seminal, Investigación Sobre El Entendimiento Humano, al tema de los milagros. Descarado en sus ambiciones, el objetivo expreso de Hume era proveer un “jaque eterno a todo tipo de espejismo supersticioso,” y a montar un argumento contra los milagros que resultaría siendo “útil todo el tiempo que perdure el mundo.”[1]

Ya que el mundo aun sigue perdurando, nos puede resultar útil reexaminar la tesis de Hume sobre los milagros: “Un milagro es una violación de las leyes de la naturaleza; y ya que la experiencia firme y inalterable ha establecido estas leyes, la prueba contra un milagro, de la misma naturaleza del hecho, es tan entero como cualquier argumento de experiencia puede ser posiblemente imaginado.” [2] Suspendamos temporalmente la pregunta sobre si esta oración es fiel o justa, y pasemos a admirar su finura retórica. ¿A quién le gustaría defender algo que constituye una “violación de las leyes de la naturaleza”? ¿A quién le gustaría argumentar contra la evidencia científica? ¿Qué tipo de persona se hace de un hábito al atacar el testimonio de una “experiencia inalterable”? y de manera más significativa, ¿a qué persona sensata le gustaría traspasar más allá de los límites de la razón? El éxito del proyecto de Hume es anunciado cada vez que un no-creyente rechaza cualquier afirmación milagrosa por principio. Aunque pocos de nosotros hemos en realidad leído a Hume – menos su capítulo famoso sobre los milagros – casi todos nosotros hemos absorbido su actitud básica sobre el tema. [3] Por consiguiente, muchos escépticos rechazan categóricamente la mera posibilidad de un milagro. En tal caso, la no evidencia – no importa cuán convincente – persuadiría a su oponente.

“¿Con qué codicia son recibidos los cuentos milagrosos de viajeros, sus descripciones de monstruos marinos y terrestres, sus relatos de aventuras increíbles, hombres raros y modales toscos?” Hume piensa que la mayoría de nosotros somos como el agente especial Fox Mulder de Los X-Files: queremos creer lo increíble. Muchos no-creyentes (especialmente aquellos en círculos académicos) comparten esta convicción, y es por medio de esta lente que verán tus argumentos. Lo que esto significa es que, a lo mejor, tu oyente secular creerá que eres un teórico de conspiración astuto pero incorregible. A lo peor, pensará que eres un incauto ingenuo que se esconde de la realidad por defender lo que es cósmicamente equivalente al monstruo del lago Ness.

¿Cómo superamos este impase? Es tan simple como retador: Reconoce el impase, y luego descríbelo. Trae a la luz el hecho de que cristianos y no-creyentes están viendo a través de lentes radicalmente diferentes, que no solamente estamos en desacuerdo; tenemos diferentes puntos de partida. Luego sigue la empatía. Ambos creyente y no-creyente necesitan intercambiar lentes temporalmente. Si el escéptico tiene razón, y “el mundo es todo lo que veo,” entonces ninguna nota divina puede entrometerse en la sinfonía secular.[4] Podrás no estar de acuerdo, pero tiene sentido. Dios es demasiado grande para encajar dentro de tal mundo. Asimismo, si el Dios cristiano existe, Su Señorío sobre la creación no debería tensar la credibilidad hasta el punto de una ruptura. Podrá no estar de acuerdo, pero ahora él podrá entender que un mundo así, ha sido hecho por Dios y por lo tanto existe la posibilidad de que Él intervenga.

El “Si” condicional, es una palabra poderosa. Abre muchas puertas. Aquí hay dos poderosas iniciadores de conversación:

Si no hay un dios…

Si Dios existe…

 

*Cameron McAllister es conferencista y escritor, miembro del Ministerio Internacional de Ravi Zacharias en Atlanta, Georgia.

Artículo publicado el 20 de junio, 2016.

[1] David Hume, The Portable Atheist: Essential Readings for the Nonbeliever ed. Christopher Hitchens (Philadelphia, PA: Da Capo Press, 2007), 32.
[2] Ibid., 34.
[3] Los Cristianos no son inmune a esto. Como responde usted cuando una persona confiable le cuenta de un milagro en la vida de el o ella?
[4] La famosa línea compensadora de Ludwig Wittgenstein’s, Tractatus Logico-Philosophicus (New York: Barnes & Noble, 2003), 7.

Traductor voluntario: Jahdiel Perez

Cameron McAllister

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