Una seguridad misteriosa

Por Jill Carattini*

 

Alguien me comentó recientemente que él se preguntaba si acaso los seres humanos solo oramos verdaderamente cuando estamos en medio de la desesperación. Sin importar el credo o la confesión, cuando no tenemos más excusas que ofrecer, comodidades que esconder o fachadas que mantener, recién estamos realmente propensos a inclinarnos “por agotamiento” y ser reales con Dios y con nosotros mismos. Para la mayoría de nosotros –escribe C.S. Lewis– “la oración en Getsemaní es el único modelo”. Es en nuestra angustia que nos paramos ante Dios como realmente somos: criaturas necesitadas de esperanza y misericordia.

 En la antigua historia hebrea sobre Jonás, las palabras más interesantes para mí son aquellas que, de alguna manera, parecen no encajar con la historia central(1).

 Cuando los lectores están atrapados por la narración sobre este personaje, el escritor la interrumpe con una rápida pausa que trae la voz del propio Jonás, antes de retornar a la narrativa. Ocho líneas de una poética oración poblada de angustia y desesperación. Y aunque el poema puede ser omitido sin afectar la coherencia de la historia, el corto viraje deliberado del texto parece proveer un momento de comentario significativo a toda la narrativa. Ocho versos que no solo marcan un cambio abrupto en el tono del discurso, sino también en la actitud de su personaje principal. Las palabras inspiradas del profeta, vertidas como un grito de liberación, surgen desde el vientre del gran pez; una imagen conmovedora que evoca la pregunta de toda alma desesperada: “¿A dónde puedo huir de tu presencia? Si en el Seol preparo mi lecho, Tú estás allí. Si habitare en el extremo del mar, aun allí Tu mano me guiará” (2).

jona Michael O’Brien, Jonah, fecha desconocida

Esta elocuente oración de Jonás por su liberación sobresale en medio de un libro que detalla sus mantras egoístas y desilusiones manifiestas.  Por sus propias acciones, Jonás se encuentra en la oscuridad; sin embargo, desde esa oscuridad es que habla a Dios con la mayor sinceridad. La historia puede resultar vagamente familiar para muchos; incluso, la memoria suele minimizar esa angustia que rompió el silencio de Jonás con Dios. Por otro lado, la noción popular de que Jonás cayó directamente de un extremo del barco a la boca del pez no se sostiene ni por el conjunto del relato ni por la oración de Jonás. Como un autor sugiere, “(Jonás) estaba medio ahogado antes de ser tragado. Si él estaba aún consciente, el excesivo miedo le habría causado el desmayo –noten que no hay mención del pez en su oración–. Él difícilmente pudo haber conocido qué causó el cambio de una oscuridad húmeda a una mayor oscuridad seca. Cuando él recuperó la conciencia, habría tomado un tiempo para que se dé cuenta de que la oscuridad que lo envolvía no era la del Seol, sino la de una seguridad misteriosa(3).

 Cuando pienso en las oraciones que he ofrecido en mi desesperación más profunda, recuerdo esa desesperación como algo muy real aún. Pero aun así, tengo la sensación de que no estaba llorando en una oscuridad absolutamente vacía, que mi voz no estaba sola; sino que, por el contrario, en medio de esa oscuridad dolorosa y envolvente, de algún modo el velo entre Creador y criatura ha sido rasgado. En la seguridad misteriosa del pez, Jonás parece atestiguar el vínculo entre la oración y la desesperación; más aún, él da testimonio de un Dios que escucha en el vacío, sea el de la oscuridad auto infligida o de aquella lanzada contra nosotros como un mar violento.

 Del mismo modo, el profeta nos recuerda que con demasiada frecuencia optamos por el irónico rechazo a la imagen de un Dios que se hace presente también en la luz de lo ordinario. En la oración y la desesperación, Jonás se vio a sí mismo sin pretensiones. Aunque solo de manera momentánea, mientras se ahogaba, el profeta se aferraba a una verdad más segura que la comodidad y el poder de sus alternativas: “La salvación le pertenece a Dios”.

 Tristemente, la teología distractiva de Jonás retornó poco después de terminar su oración y volver a la normalidad de su vida. Para muchos de nosotros, este es un cuadro muy familiar. Las palabras honestas que se ofrecen en la desesperación permanecen con Dios en la oscuridad donde alguna vez lloramos; el retorno de la familiaridad nos convence de un Dios que resulta más cómodo y seguro a la distancia. Pero si Jonás nos deja algún pensamiento en la oscuridad, este es la presencia de opciones: ¿Cuál visión de Dios prefieres? ¿Cuál velo? ¿Cuál distancia? ¿Cuál seguridad?

 Aunque primero estuvo convencido de que había un lugar al que podía huir de la presencia divina, mientras se hundía más y más en las profundidades del mar, el profeta pudo darse cuenta de que estaba misericordiosamente equivocado.

  

*Jill Carattini es la directora editorial de A Slice of Infinity  de Ravi Zacharias International Ministries en Atlanta, Georgia.

Traductora Voluntaria: Guisella Barboza

Corrección de textos: Manuel Cadenas

(1) Ver Jonás 2:2-10
(2)Parafraseado Salmo 139: 7-10 RV 1960
(3)L. Ellison, “Jonah”, The Expositors Bible Commentary, ed. Frank E. Gaebelein (Grand Rapids: Zondervan, 1985), 374.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *