Cómo caminar sabiamente en tiempos oscuros

 

Por Stuart McAllister

 

Cuando todo lo demás falla, ¡googlea! Parece que el mundo moderno está convencido de que todas las soluciones a los grandes misterios de la vida están solo a un click de distancia. Unos años atrás, estaba viajando con un colega más joven y discutíamos sobre los cambios en los enfoques generacionales de la vida. Él me estaba enseñando acerca de las nuevas maneras, actitudes y me comentaba que en épocas anteriores (como en la mía), la gente consultaba a los padres, abuelos o un amigo mayor para pedir consejo. Con un fino toque de ironía, señaló, “ustedes tenían por aporte a sus familias y amigos; nosotros tenemos Google”. Su punto era claro: la información y el conocimiento ahora son ampliamente accesibles e instantáneamente disponibles, así que, quién necesita al abuelo…  

 

Esta suposición, vigente, extendida y enmarcada tecnológicamente ofrece la idea de que el todo de la vida es una ecuación simple. Conozca sus hechos, estudie los datos, esté informado y así podrá resolver cualquier situación; sin embargo, ¿es este realmente el caso? Con frecuencia me he sorprendido de que personas altamente educadas parecen carecer de sentido común o de habilidad para tomar decisiones sabias. Ya sea por sus finanzas, salud, familias, relaciones o trabajo, el conducirse en la vida sigue siendo un terreno escarpado y abrupto, a pesar de la enorme cantidad de información.

 

Posiblemente el problema recae en fallar al diferenciar conocimiento de sabiduría. Hemos sido criados en un tiempo que fomenta la autosuficiencia, la educación y la gestión, y tal vez asumimos una filosofía simple de vida y de cómo vivirla, concretamente de que somos hombres y mujeres racionales en control de nuestras propias decisiones. Entonces, consideramos que el mundo en el que vivimos es un orden natural gobernado por leyes observables y, por tanto, puede ser manejado mediante la racionalidad, el planeamiento y la fijación de metas; sin embargo, la vida y la experiencia tienen una manera de sorprendernos y de desilusionarnos sobre la verdadera naturaleza de las cosas y los límites de lo que a menudo se considera conocimiento.

 

Resulta interesante observar que la sabiduría es una característica central de la enseñanza bíblica. El primero de los salmos nos habla de manera clara y significativa:  

 

Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de impíos, ni estuvo en camino de pecadores ni en silla de burladores se ha sentado; sino que su deleite está en la ley del Señor, y en su ley él medita día y noche (Salmo 1:1-3).

 

Recuerdo una experiencia junto a un sabio amigo holandés, Henk, cuando yo era un joven e impetuoso nuevo creyente. En un intercambio de ideas, él me dijo, “a veces es mejor ser amable que tener la razón”, lo cual me irritó y discutí que la verdad es la verdad y que nunca nada debería interponerse en su camino. Puede ser incómodo, pero, ¡los hechos son hechos!; sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, llegué a aprender la sabiduría de estas palabras. No era una rendición ante la cobardía el esperar o retrasarse en una respuesta, sino un sentido de decoro y del momento oportuno sobre cuándo y cómo decir algo. 

 

Después, al enfrentar conflictos, aprendí que este principio es vital en el delicado y complejo diario vivir. Hubo días con mi esposa o con mis hijos cuando pude contestar fuertemente, pero esperar fue realmente el mejor camino. En un par de casos, aplazar la refutación me concedió el tiempo para tranquilizarme, reflexionar y luego revisar el asunto de una manera más calmada y significativa. La sabiduría de la idea de Henk me evadió en ese momento, ya que mi preferencia por la claridad y lo que yo pensaba que era verdad exigía declaraciones de hechos instantáneos y de lucha hasta que la resolución o franqueza, según yo creía, se logre. La vida, experiencia y el aprender a amar a las personas en toda su complejidad gloriosa me enseñó que sabiduría es saber cómo balancear el tiempo de las cosas y la forma de entregarlas. La verdad no se opone al amor, pero seguramente debe ser limitada y moldeada por este.

 

¿Dónde buscamos sabiduría?, ¿qué información e ideas, qué dirección debemos buscar más y desear? En una época en donde la autosuficiencia y el entendimiento humano están siendo probados al máximo, aquello es posiblemente un recordatorio, no solo para nuestras limitaciones humanas al encarar una crisis, sino una amonestación a lo que todos con demasiada frecuencia ignoramos, pasamos por alto o damos poca atención: la palabra de Dios que nos guía a la mejor forma de vivir. El sabio escritor del libro de Proverbios se dirigió de la siguiente manera a los que escucharían esta palabra:

 

Hijo mío, sé atento a mis palabras; inclina tu oído a mis dichos. Que no se escapen de tu vista, guárdalas en tu corazón. Porque son vida para aquellos quienes las encuentran, y medicina para todo su cuerpo (Proverbios 4:20-22).

 

Asumir que estamos -o podemos estar- en control de nuestras vidas y circunstancias garantiza que no buscaremos la fuente que necesitamos ni hallaremos la ayuda tan necesaria para vivir de modo verdadero y bueno. La sabiduría no debe confundirse con el conocimiento, sino que es la habilidad para vivir, es una forma de ser y hacer dadas por Dios y definidas por Él. Nuestro Creador, el Dios Soberano y el Salvador, ofrecen todo lo que necesitamos para nuestras vidas y anhelos. Él nos invita a regresar a la fuente de vida y al lugar donde las bendiciones son encontradas: “la ley del Señor” (Salmo 1:3). Esa es la verdadera sabiduría para caminar hoy.  

 

 

 

Stuart McAllister es Especialista Global de RZIM. Stuart habla al rededor de todo el mundo en iglesias, universidades y otros foros con la misma pasión que conoció como seguidor de Cristo. Una vez encarcelado por distribuir Biblias en Yugoslavia, Stuart es un orador audaz, inteligente y articulado.

 

 

 

 

Traducción Voluntaria por Amadeo Pinchi.