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Dios de toda Consolación – RZIM Latam

Dios de toda Consolación

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. 

 

Estamos viviendo tiempos únicos, en donde la incertidumbre nos ha envuelto y a veces se siente que aprieta. Hay un virus rondando las calles y temores alrededor de nuestros corazones. Esta crisis del coronavirus nos reta como muy pocas cosas lo han hecho o lo harán, pero, ¿cómo encontrar una verdadera paz y tranquilidad?

 

Desde hace mucho tiempo, los versículos de 2 Corintios 1:3-7 me retaban constantemente, porque Pablo nos dice que con el mismo consuelo con el que somos consolados, debemos consolar a otros. Me preguntaba, ¿cuál es ese consuelo?, ¿yo lo tengo?, ¿por qué parece afirmar que el consuelo viene del sufrimiento? Y como a veces pasa, por estar muy concentrado viendo el árbol, no te das cuenta del bosque que tienes al frente.

 

Pablo expresa en 2 Corintios 1:8-10 que el sufrimiento fue tal que había perdido hasta la esperanza de vivir, pero también señala que le fue necesario enfrentarse a la muerte para que desaparezca su confianza en sí mismo y en lugar de eso mire a Dios como el que sostiene su vida. En esta carta y a lo largo de la Biblia, vemos que la esperanza, la vida, la angustia y la muerte están muy relacionadas. Pablo nos muestra que llegó a entender que mientras más consciente sea de las buenas noticias del evangelio, más consolado será de las aflicciones presentes.

 

En tal sentido, ¿por qué Pablo se consolaba incluso en los sufrimientos? La respuesta la ofrece en 2 Corintios 4:4-10, pues afirma que -aunque se halla atribulado, en apuros, perseguido y derribado- no está angustiado, ni desesperado, ni desamparado ni destruido. Todo eso es posible, porque él lleva por todas partes la muerte de Jesús, y en esa muerte se manifestará su vida. Entonces, ¿qué es la muerte y resurrección de Jesús sino el evangelio? Es el bello evangelio que nos trae luz en medio de las tinieblas, vida en medio de la muerte y esperanza en medio de la desesperación. ¿Cómo fue pues la muerte de Jesús? En primer lugar, fue inmerecida, pero también valiente. Se enfrentó a todo de manera desinteresada y sufrió. Pero no quedó ahí, sino que fue poderosa, porque resucitó y venció. Con ella nos salvó de un peso de maldición que estaba sobre nosotros por nuestros pecados y faltas, y nos reconcilió con Dios. Nos dio una vida sin fin junto con él.

 

Pablo no solo se consolaba en su salvación individual, sino que también se alegraba cuando veía el evangelio siendo de salvación para otros. En 2 Corintios 7:4-7, Pablo nos cuenta cómo se regocijaba por el cambio en los corintios, porque se veía que en verdad habían entendido el evangelio y se arrepentían de sus pecados. Tal como mencionó en 2 Corintios 1:6, parece que su testimonio de sufrimiento les servía a los corintios como confirmación de que el mensaje era real, pues Pablo estaba dispuesto a seguir creyendo a pesar de todo. Entonces, si tenemos vida en nosotros somos consolados, y si por nuestros sufrimientos y fe alguien más cree, somos doblemente consolados.

 

Como hemos visto, la esperanza viene junto a la noción de que el evangelio nos ha dado vida, pero, ¿qué pasa si no lo he asimilado en mi corazón?, ¿si aún sigo angustiado o me siento como muerto? Pues déjame decirte que aquello es completamente humano. Con el intelecto y la fe, podemos saber que algo es cierto, pero no lo asimilamos tan fácilmente. Incluso Jesús pasó por eso, porque fue tan humano como nosotros. En Getsemaní, Jesús estuvo angustiado hasta el punto de muerte y su respuesta fue orar.

 

Nuestro Señor es demasiado amoroso y cuidador. Tanto es así que él deja que nos acerquemos a él en oración, pero también conoce que no sabemos cómo orar bien. Por ello, ¡nos dejó un libro entero para aprender cómo dirigirnos a Él! El libro de los Salmos nos deja ver cómo Dios quiere que nos acerquemos. Tal como Jesús nos enseñó, debemos acercarnos diciendo “Padre nuestro”. ¿Cómo se acerca un niño a su padre?, ¿haciendo reverencias y pleitesías mientras habla de modo formal? ¡Por supuesto que no! Un niño ingresa al cuarto de su papá, se sube a la cama, le pregunta cosas, se echa encima y se siente confiado de expresar sus temores y alegrías. Algo así es el libro de los Salmos. Nos aleja de nuestro sentimiento de temor malsano que cree que Dios es un ser lejano y frío, y nos muestra la correcta actitud que debemos tomar. 

 

A partir de ello, quisiera enfocarme en el Salmo 119. Como hemos visto, solo podemos hallar consuelo en la vida que Jesús nos ofrece. Es por esto que este salmo registra con nitidez un clamor. Nueve veces, el salmista le ruega a Dios que lo vivifique, o sea que lo llene de vida. Y vemos que sus pedidos están fundamentados. En su primer clamor por vida, le dice “vivifícame conforme a tu palabra” (verso 25), lo cual muestra que el salmista sabe que el Señor ha dado su palabra, ha prometido que dará vida, y él se sujeta de eso para rogar. Entre estos pedidos, también exclama “vivifícame conforme a tu misericordia” (v. 88, 159), porque el salmista sabe que Dios es compasivo y que en su misericordia recibirá consuelo (v. 76). Tras muchas súplicas, las cuales se podrían analizar mucho más, el penúltimo ruego es “vivifícame conforme a tu justicia” (v. 156), mención muy interesante, ya que Dios en su justicia solo debería condenarnos (“la paga del pecado es muerte”, Génesis 2:17); sin embargo, el salmista usa aquello como un motivo para que Dios nos dé vida. ¿Por qué?, porque este es un pequeño vistazo al evangelio. Así, en Romanos 1:17 se afirma que “en el evangelio se revela la justicia de Dios”, lo cual quiere decir que solo en la cruz la misericordia infinita y la justicia de Dios se encontraron, pues Jesús murió sin merecerlo y pagó el precio de los pecados que cometimos, y solo así nos dio vida y libertad. 

 

El Salmo 119 es un salmo que exalta la Palabra de Dios y que reconoce que es buenísimo vivir aprendiendo de ella y aplicándola, pero también podemos reflejarnos en los ruegos del salmista, en el que, conociendo lo bueno de Dios, se reconoce inútil para poder cumplir su palabra y clama a Dios para que lo ayude en esa tarea. Así es como debemos clamar a Dios para poder asimilar su hermoso consuelo y que nos abra lo ojos para ver que estos sufrimientos presentes son incomparables con la gloria venidera, y para entender que el que cree en él “aunque muera, vivirá” (Juan 11:25).

 

Será, entonces, cuando entienda que, al buscarlo en su Palabra, creer en su promesa, crecer en santidad, amar su justicia y haciendo mío su gozo, podré encontrarme con ese consuelo al que Pablo hace referencia. Será, entonces, que podré reconocer y proclamar “fui hallado, fui limpiado, fui amado”, si un Dios tan grande puede hacer eso por mí, ¿qué me podrá separar de su amor?, ¿quién podrá enfrentarse a mí? Y será, entonces, cuando pueda llamar a Dios el Dios de toda consolación, el Dios de mi consolación.

 

Por lo demás, hermanos, regocíjense, procuren su perfección, consuélense, tengan un mismo sentir, vivan en paz, y el Dios de amor y de paz estará con ustedes.

2 Corintios 13:11

 

 

 

 

 

Renzo Diaz
Renzo Diaz
Renzo es voluntario en formación de apologética con RZIM Latam desde el año 2015 y es administrador de empresas, graduado de la Universidad del Pacífico, Lima, Perú.

 

Foto por Josh Applegate en Unsplash

Edición Voluntaria por Miguel Garay