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El profeta y el periódico – RZIM Latam

El profeta y el periódico

Hace ochenta y cinco años, Karl Barth les dijo a sus estudiantes de teología que tomaran sus Biblias, periódicos y leyeran ambos, “pero interpreten los periódicos desde sus Biblias” (1). Hoy, en medio de titulares desgarradores y noticias de dolor y disturbios que se generan en Estados Unidos y el mundo, los cuales muestran la violencia y la injusticia, cerca y lejos de nosotros, estoy agradecida por el clamor y llanto de los profetas. La antigua súplica de Isaías está entre las más repetidas, mientras suspiro entre titulares desgarradores y noticias de último minuto. ¡Oh, si irrumpieras desde el cielo y descendieras!, ¡cómo temblarían los montes en tu presencia!” (Isaías 64:1).

 

Esta oración de Isaías es una respuesta para los que se han quedado sin palabras, para los cansados, los enojados, los tristes y los frustrados. ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Dónde estás Tú en medio de todo esto? Las palabras de los profetas pueden expresar lo que a menudo se ha dicho que no es correcto afirmar: Señor, ¿hasta cuándo vamos a leer y ver o, peor aún, experimentar y tolerar realidades tan desconsolantes? ¡Oh, si irrumpieras desde el cielo y descendieras!, ¡cómo temblarían los montes en tu presencia!

 

Estas expresiones articulan los clamores por alivio y justicia en su mundo y el nuestro; Pero Isaías no se limita a gritar la aparente ausencia de Dios y el anhelo de que Dios arregle todo lo que ve; Isaías no se limita a señalar con el dedo cansado a Dios y a esperar que Dios actúe. Al tomar el texto bíblico con una mano y el periódico con la otra, ansío que nosotros veamos el significado de ello. Isaías clama por la generación de personas que se han alejado de Dios. Todo el capítulo es una oración ferviente por un cambio en la dirección en la que Jerusalén se está moviendo en ese momento, por la intervención y el perdón de Dios, por el arrepentimiento y redirección de Jerusalén, por cambio, redención, justicia y regeneración.

 

«Si bien todos nosotros somos como suciedad, 

y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; 

y caímos todos nosotros como la hoja, 

y nuestras maldades nos llevaron como viento.

Nadie hay que invoque tu nombre, 

que se despierte para apoyarse en ti; 

por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, 

y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades” (Isaías 64:6-7).

 

 

Leyendo el periódico. Fyodor Bronnikov, óleo sobre lienzo, 1880.

 

El profeta muestra un sincero clamor de ira, tristeza y necesidad. Cuando se vive en medio de la injusticia, casi es inevitable llorar por ella, llorar por los que están cerca y los que están lejos, los que están del otro lado y los que son parte de otros grupos, pues aquello es bueno y necesario. Los que están siendo perseguidos necesitan que los apoyemos sin apatía. 

 

Con todo ello, al estar del lado de aquellos cansados de la injusticia, Isaías nos recuerda que tengamos cuidado de no darnos cuenta de las cosas injustas que hacemos nosotros mismos, nuestras inconsistencias, nuestras formas irónicas de perseguir, de hecho, nuestras formas de contribuir a las mismas cosas que lamentamos. El antiguo clamor de Isaías lleva la carga de la injusticia que lo rodea y, a la vez, la admisión de su propia depravación y culpa. Al leer las palabras del profeta con el periódico en la mano, podemos ver la importancia de agregar al clamor por la injusticia en el mundo, nuestro lamento por participar en estos mismos sistemas y también nuestra voluntad para ser parte del cambio.

 

Con mucha compasión, Isaías nos presenta la imagen esperanzadora de un Dios que abriría los cielos para venir, a pesar de que las personas continúan huyendo de Él.  Aquí, en medio de lo que parece ser un callejón sin salida, pronuncia una poderosa palabra para Dios y para la humanidad:

 

“No te enojes sobremanera, Jehová, 

ni tengas perpetua memoria de la iniquidad; 

he aquí, mira ahora, pueblo tuyo somos todos nosotros” (Isaías 64:9).

 

Si la totalidad del capítulo 64 es una oración ferviente por un cambio de dirección, el clímax de la oración viene en este versículo. La palabra de mayor importancia, la cual viene como una transición entre el clamor por la cercanía de Dios y el reconocimiento de estar lejos, es una palabra hebrea que se traduce enfáticamente “mira ahora”. El vocablo pretende ser un recordatorio para todos, un comentario sobre el tiempo mismo. Ahora podemos continuar ignorando el dolor, seguir viviendo en el pecado de nuestro pasado o podemos acercarnos a Dios hoy y vivir como arcilla en las manos del Buen Alfarero. Ahora podemos decir y considerar que todos somos el pueblo de Dios. Ahora podemos ser regenerados y participar en la restauración de todas las cosas. Isaías quiere que veamos al Dios que existe en este mismo espacio y tiempo, el Dios que ha estado presente y activo a lo largo del tiempo, y está aquí, incluso ahora, el Dios que odia tanto la injusticia al punto de venir y estar entre nosotros y soportarla Él mismo.

 

No es casualidad que Martin Luther King hablara a menudo de la urgencia del ahora (2). Su voz de clamor en medio de los titulares de periódicos de la época fue indeleblemente enmarcada por la Biblia en su otra mano. De hecho, la visión de Isaías de un mundo que gira alrededor del reino de Dios en el centro de todas las cosas es una mirada en torno a la urgencia de este momento, moldeada no por inaccesibles visiones nostálgicas o falso sentimentalismo, sino un recuerdo activo de Dios, quién era, quién es y quién será, y cómo ello lo cambia todo. Una y otra vez, Dios nos lleva con fuerza hacia lo perentorio de este tiempo y espacio delante de nosotros. Una y otra vez, la cruz de Cristo nos recuerda la feroz urgencia del ahora en un mundo con un dolor apremiante.

 

 

 

 

Jill Carittini
Jill Carittini
Jill Carattini es editora en jefe de A Slice of Infinity de Ravi Zacharias International Ministries en Atlanta, Georgia.

 

 

  1. Barth in Retirement, Time Magazine, may 31, 1963
  2. Washington, James. Ed, A Testament of Hope: The Essential Writings and Speeches of Martin Luther King Jr. New York: HarperCollins, 1968, p. 218

 

Traducción voluntaria por Jonathan Tejada.