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La Casa de Navidad – RZIM Latam

La Casa de Navidad

 

Publicado por Ravi Zacharias,  diciembre 2016

 

 

Hace algunos años, estábamos pasando la Navidad en la casa de los padres de mi esposa. No era un día feliz en aquel hogar. Muchas cosas habían salido mal  las semanas previas y la tristeza pendía sobre la casa. Aún así, en medio de todo eso, mi suegra mantuvo el hábito de invitar personas que probablemente no tendrían un lugar a donde  ir, para compartir la cena navideña con nosotros.

Ese año, invitó a un hombre que era al criterio de todos una persona algo rara, bastante excéntrica en su comportamiento. No se sabía mucho sobre él en la iglesia solo que venía regularmente, se sentaba solo y se iba sin conversar mucho. Obviamente al vivir solo era una persona bastante solitaria, de apariencia algo miserable. Él era nuestro invitado especial de Navidad.

Debido a circunstancias particulares  (incluyendo a una hija que tuvo que ser  llevada al hospital para el nacimiento de su primer bebé) todo era confusión.  Nuestras emociones estaban al límite. Además recayó en mí  el entretener a este caballero. Debo confesar que no fue de mi agrado la tarea asignada.  Debido a mi recargada agenda, debo viajar gran parte del año por lo que he guardado celosamente mis Navidades como un tiempo para disfrutar en familia. Esa  Navidad no iba a tener tal privilegio y eso no me hacia feliz.  Al sentarme en la sala para entretenerlo,  mientras otros estaban ocupados me dije a mi mismo: “Esta va a ser una de las navidades más tristes de mi vida”.

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Pero de alguna manera, sobrevivimos esa noche.  Evidentemente le encantó la comida, los fuegos artificiales en el patio trasero, la nieve, los villancicos de Navidad y una discusión teológica algo pesada en la que nos enfrascamos  (a insistencia de él, debo añadir). Era un hombre  leído y como descubrí, le encantaba lidiar con temas teológicos complicados. A mí también me encanta pero honestamente, no durante una noche que ha sido planeada para disfrutar en familia.

Al final de la velada al despedirse, se acercó y tomó la mano de cada uno de nosotros y a uno por uno dijo: “Gracias por la mejor Navidad de mi vida. Nunca la olvidaré.” Y salió a la oscura y nevada noche, de vuelta a su solitaria existencia.

Mi corazón se estremeció y la culpa me embargó al escuchar las tiernas palabras que aquel hombre pronunció. Tuve que contenerme para evitar quebrarme en llanto. Tan solo unos años después, siendo relativamente joven,  para nuestra sorpresa él falleció. He rememorado aquella Navidad muchas veces. Ese año Dios me enseñó una lección. Un hogar puede reflejar y compartir el amor de Cristo.

La primera vez que caminé por las ruidosas calles de Belén enfrentando sus olores, comprendí  la diferencia que hay entre nuestros villancicos de Navidad, que hablan de la dulzura del “pueblito de Belén,” y la dura realidad de Dios encarnándose y haciendo su hogar entre nosotros.

G.K. Chesterton captura y describe maravillosamente esta situación:

Un Niño en un despreciable establo,
Donde las bestias se alimentan y respiran;
Sólo en aquel lugar donde Él tampoco tiene techo
Mientras usted y yo estamos en nuestro hogar;
Tenemos manos que trabajan y cabezas que saben,
Pero perdimos nuestros corazones- ¡oh, hace cuánto tiempo!
En un lugar que ningún mapa ni barco pueden mostrar
Bajo la  enorme bóveda celestial.

A una casa abierta por la tarde
El hogar al que los hombres han de llegar,
A un lugar más viejo que el Edén
Y una ciudad más alta que Roma.
Al final del camino de la estrella errante,
A las cosas que no pueden ser y, sin embargo, son,
Al lugar donde Dios estaba sin techo
Y en el que todos los hombres encuentran su hogar. (1)

El domicilio terrenal de Jesús cambia el nuestro. Cristo viene esta Navidad y nos muestra qué significa vivir.

 

 

*Ravi Zacharias es presidente y fundador de Ministerios Internacionales Ravi Zacharias, Atlanta-Gerogia.
(1) K. Chesterton, “La Casa de Navidad,” por Robert Knille, ed., As I Was Saying (Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans, 1985), 304-5.
Traductor voluntario: Jacinto Cristobal