¿La ciencia le está ganando a la fe?

Foto por CDC en Unsplash

 

Por Renzo Diaz

 

Estamos viviendo una experiencia por completo nueva para casi todas las personas de esta generación. Un ser microscópico ha puesto de rodillas hasta a los países más poderosos y millones de personas se han visto obligados a permanecer en sus hogares. Las imágenes y videos que circulan por las redes sobre el sufrimiento y el dolor por la impotencia son simplemente impactantes. En este escenario, surge la pregunta, ¿qué hacemos?: buscamos una vacuna, una cura, a fin de ponerle término a todo este dolor. Entonces, aparece el argumento naturalista (que niega lo sobrenatural) y acusa a los cristianos de tener una fe absurda, “porque orando nunca encontrarán una solución”.

 

Creo que es conveniente empezar por definir qué es la fe. La palabra fe, del griego pistis, significa confianza. Se dice, entonces, que la fe cristiana es una confianza en Dios, pero también podríamos afirmar que los naturalistas poseen fe en la ciencia, ya que le tienen una confianza casi absoluta de que aquella solucionará todo problema. Aquí vemos que el conflicto no es el ejercicio de la fe, sino el objeto de ella.

 

Antes de continuar, es importante aclarar unos supuestos. Esta discusión se levanta, pues todos creemos firmemente en que las personas tienen dignidad y que alguien muera o sufra innecesariamente es algo terrible que debemos evitar a toda costa; sin embargo, si en efecto Dios no existiese, ¿este sufrimiento tendría algo de sentido? Déjenme ponerlo en las siguientes palabras: si solo existe lo natural, esto es todo lo que hay, no estamos ante una tragedia, solo estamos ante un evento normal. Si es verdad que Dios no existe, “la ley de la selva” es la que manda, el más fuerte se salva y solo deja a su suerte al débil. No existiría nada más allá de nosotros a qué apelar por un mejor sentido de justicia o dignidad humana. Como expresó Richard Dawkins, un famoso biólogo ateo, la realidad sería “sin diseño, sin propósito, no habría maldad ni bondad, nada sino una despiadada indiferencia” (1). El negar la existencia de una realidad sobrenatural no haría nada más que socavar la misma tarea de la ciencia.

 

Conocemos lo que es injusto, porque tenemos un sentido de justicia, pero no existiría la justicia si no hubiese un legislador. Podríamos simplemente dejar de buscar una cura para que solo sobrevivan los más aptos, pero sabemos que eso estaría muy mal, pues en nuestro interior tenemos una ley moral que es imposible que haya provenido de lo natural. Porque las leyes naturales solo nos describen cómo es el mundo, pero las morales nos describen cómo debería ser. 

 

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Ravi Zacharias escribió “si no hubiese un dador de la ley moral, no existiría el bien, y si no existe el bien tampoco el mal y toda esta discusión no tendría sentido” (2). Así que podemos decir que es Dios quien nos dio esa ley moral interna en la que reconocemos que cada persona es valiosa y vale la pena ser salvada, y que su sufrimiento no es algo que se puede pasar por alto. Entonces, buscar suprimir a Dios de la ecuación no soluciona el sufrimiento, solo lo incrementa.

 

Por otro lado, la ciencia y la fe en Dios no son contradictorias. Sería como afirmar que las propiedades de ebullición del agua se oponen al hecho de que mi mamá me hizo una sopita con amor. La ciencia está limitada en su campo. No nos podrá dar nunca las respuestas del porqué de las cosas, solo se centra en describir los cómo. Es por eso, que la ciencia es solo una herramienta para ser usada por las personas para los fines que estas delimiten. Por ello, la fe no se presenta como un artículo inservible que solo se usa como un escape de la realidad, sino que termina siendo un impulso para ayudar al otro que está en necesidad.

 

Pero, entonces, ¿la confianza en Dios puede defraudarnos? Es cierto, oramos y puede que no veamos una respuesta inmediata, es posible que sintamos que Dios nos ha abandonado o que no le importamos; sin embargo, no hay nada más alejado de la realidad. Dios nos dejó la oración, no porque Él necesite una alarma que le recuerde que estamos en necesidad, sino como un remedio para nuestra soberbia: para recordar que de Él depende todo, que no debemos sentir vergüenza de buscarlo y para sabernos cuidados por su providencia, porque Él promete que los que esperan en Él de ninguna manera serán defraudados (Salmo 25:3). 

 

No conocemos los motivos de Dios para permitir este escenario, pero Él posee una sabiduría infinita, un amor incomparable y no es lejano a nuestro llamado. Tal vez esté usando toda esta situación para que reconozcamos y recordemos que este mundo no está bien, porque no fue diseñado con este propósito. Como anotara C.S. Lewis, “Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo adormecido” (3). Dios creó este mundo para que habite en perfecto compañerismo con Él, pero nosotros decidimos voltearle la cara para definir cómo queríamos que fuese este mundo y basta con levantar la vista para darnos cuenta de que el planeta no está bien. Justamente por eso Jesús vino al mundo, para que este fuera salvo por medio de Él. Vino para vencer a la muerte, a través de su propio sufrimiento en la cruz, a fin de hacer una nueva humanidad. Vino a traernos una real esperanza y vida eterna para reconciliarnos con el Padre y que podamos ser suyos para siempre.

 

Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu.

Salmo 35:15

 

 

 

 

Renzo Diaz, voluntario en formación apologética RZIM LATAM, graduado en administración de empresas por la Universidad del Pacífico. 

 

 

 

 

  1. Dawkins, Richard. River Out of Eden (New York: Basic Books, 1995), p. 133
  2. Zacharias, Ravi (1995). Puede el hombre vivir sin Dios. Nashville: Edit. Nelson, p. 241
  3. Lewis, C.S (2016). El problema del dolor. Madrid: Edit. Rialp, 2016, p.106