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Lamentos de Cuaresma – RZIM Latam

Lamentos de Cuaresma

 

Por Brandon Cleaver

 

El sufrimiento empaña nuestra visión. A través de la niebla de la confusión o el velo de las lágrimas, las aflicciones oscurecen el lente de nuestra vida. Tienden a desplazar nuestras emociones y reconstituir nuestra lógica. La normalidad a menudo se trastorna abruptamente. El sufrimiento se convierte en lo que parece ser un laberinto ineludible de lamentos.

Este enredo emocional se explora en varios libros de la Biblia, pero es particularmente palpable en el Antiguo Testamento. Los Salmos, por ejemplo, expresan la crudeza de los sentimientos de distintos autores, y la naturaleza perturbadora del sufrimiento es plenamente exhibido:

«Mi alma tiene sed de ti, oh Dios … Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche … Se me destroza el corazón al recordar cómo solían ser las cosas». (1)

En nuestros momentos de angustia, anhelamos por este lenguaje de lamento. Deseamos tener esa aprobación para expresar nuestras penas, una invitación a lamentarnos tanto como individuos como corporativamente. Esta invitación se encuentra en la tradición cristiana llamada Cuaresma. Este período de 40 días es un tiempo de preparación espiritual y emocional que conduce a los eventos de la Semana Santa y la crucifixión de Jesucristo. Es un momento en el que todos los que se lamentan de algo son alentados a hacerlo. Es también un momento en el que el sufrimiento de Cristo reorienta nuestro enfoque. No estamos solos.

Jeremías es indiscutiblemente la figura bíblica más conocida por su relación íntima con el dolor y la aflicción. Él estaba agobiado con la nada envidiable tarea de profetizar la justicia y el juicio final de Dios contra los propios israelitas, quienes, a pesar de las advertencias, estaban participando en  prácticas y comportamientos injustos. Sus corazones desobedientes los llevaron al exilio y la destrucción de su amada ciudad. A lo largo de su extenso libro, Jeremías sufre el  rechazo, la soledad, languidece en aislamiento e incluso recibe golpizas. La angustia está siempre presente. “Mi dolor no tiene remedio; mi corazón está destrozado…. Sufro con el dolor de mi pueblo, lloro y estoy abrumado de profunda pena.” (2)

En medio de nuestra actual crisis mundial, también nos sentimos asediados por la presencia del sufrimiento. Como Jeremías, nuestros ojos pueden sentirse como con chorros de lágrimas. Quizás sean las punzadas persistentes de la reclusión. En este tiempo de distanciamiento social, este aislamiento puede ser aún más incómodo. Quizás la angustia por la ansiedad se vislumbra sobre nosotros de manera ubicua y generalizada. La incertidumbre y el desasosiego que le acompañan se han convertido irónicamente en sinónimo de lo regular. Quizás la pérdida de un ser querido ha cambiado nuestro gozo en tristeza. La esperanza  puede sentirse tan efímera y remota como la falta estipulada de un abrazo.

Jeremías experimentó dificultades emocionales similares a medida que el final  de su pueblo se acercaba cada vez más y más. Inmediatamente después de su libro , hay un libro intrigantemente  llamado Lamentaciones. Oficialmente, el autor no tiene nombre, pero la tradición judía reconoce a Jeremías como su auttor. El propósito de Lamentaciones es simple, pero  crítico. Sirve como una expresión de lamento comunal por el trágico sufrimiento y la destrucción de Jerusalén y su Templo.

El libro está estructurado en cinco lamentos poéticos. El autor usó hábilmente el alfabeto hebreo como un recurso mnemotécnico para que los dolientes pudieran recordarlos y recitarlos fácilmente. Qué peculiar, o más bien profundo, que Dios consideró apropiado expresiones poéticas para transmitir el mensaje de Lamentaciones. No solo te invita a compartir tu dolor, sino que, de manera sublime, el lenguaje de la poesía muestra que el lamento en sí mismo posee una belleza misteriosa. Su esplendor no se encuentra intrínsecamente en el luto, sino en el que nos invita a llorar y guardar luto abiertamente:

“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. “Mi porción es Jehová”, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré.”

Jacopo Bellini, Lamentaciones, pluma y tinta sobre papel, 1441 – c.1450, Louvre, Paris, Francia.

 

Nuestra marcha hacia la Cuaresma es importante por razones similares: nos recuerda que el dolor no es simplemente nuestro de llevar. Marchamos hacia la vida, la muerte y la resurrección de aquel que venció a los tormentos del dolor y la muerte con tormentos de dolor y de muerte propios. Jesús experimentó muchas de las mismas dificultades emocionales que sintieron los israelitas y actualmente sentimos que se acerca su destino con una cruz romana. Sintió el aislamiento de aquellos que profesaban amarlo más. En el Huerto de Getsemaní, se lamenta ante el Padre: » Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte». Estaba afligido por la ansiedad hasta el punto de que su sudor se convirtió en sangre. Y finalmente sufrió un dolor insoportable cuando su cuerpo fue sometido a la tortuosa institución de la crucifixión. La temporada de Cuaresma y esta Semana Santa  nos preparan para recibir a uno cuyo dolor fue grande pero cuya determinación por lo que estaba por venir era aún mayor, un momento en el que la muerte, el luto y el dolor ya no serán más.

Nicholas Wolterstorff en Lament for a Son (Lamento por un hijo) narra su dolor por la muerte prematura de su hijo. A medida que procesa su dolor a través del lamento, llega a una comprensión más amplia de lo que significaba el poder de «la resurrección de Cristo y la derrota sobre la muerte». El escribe:

«Creer en la resurrección de Cristo y la derrota sobre la muerte es vivir con el poder y el desafío de levantarnos y resurgir de todas las tumbas oscuras de las que sufrimos por amor. Si la simpatía por las heridas del mundo no aumenta con nuestra angustia, si el amor por los que nos rodean no se expande, si la gratitud por lo bueno no se enciende, si nuestro entendimiento no se profundiza, si el compromiso con lo importante no se fortalece, si el dolor por un nuevo día no se intensifica, si la esperanza se debilita y la fe disminuye, si de la experiencia de la muerte no sale nada bueno, entonces la muerte ha ganado.» (4)

El lamento a la vista del sufrido amor de Cristo, reenfocó el lente de Wolterstorff en cuanto a la vida y la muerte. Aunque persiste la punzada de la agonía, prevalece la esperanza de la resurrección de Cristo y la derrota sobre la muerte. El lamento lo ayudó a ver no solo su propia experiencia sino también experimentar el mundo nuevamente. El dolor lo llevó de un reconocimiento personal a un reconocimiento comunal: «Lo que he aprendido, para mi sorpresa, es que en la particularidad [del lamento] hay algo universal» (5).

Muchos de nosotros también estamos aprendiendo a ver de nuevo el mundo. Nuestros corazones se duelen por los  sufrimientos de la vida, pero no languidezcamos en nuestro lamento por nuestra cuenta. Hay alguien que nos recuerda que no morimos ni sufrimos, ni lamentamos ni nos dolemos solos. Él es la encarnación viviente de la esperanza, el siervo sufriente que nos enseña a amar.

 

 

Blandon Cleaver es parte del equipo de oradores de Ravi Zacharias International Ministries en Detroit, Michigan.

 

 

 

 

(1) Salmos 42.

(2) Jeremias 8

(3) Excerpts of Lamentations 3:22-24.

(4) Nicholas Wolterstorff, Lament for a Son (Grand Rapids: Eerdmans, 1987), 92.

(5) Wolterstorff, 5.