Paz en la Tormenta

Foto por Ruslan Valeev en Unsplash

 

Por Pedro Gismondi

 

El mundo entero está pasando por un momento muy difícil. El Covid-19 nos ha cambiado la vida. Nuestra rutina y la tranquilidad que teníamos se han convertido de pronto en una tormenta. El Gobierno decretó una cuarentena obligatoria: las actividades diarias se paralizaron de golpe, ya no es posible salir a la calle, hay toque de queda y apenas se adquieren las provisiones necesarias caminando, pues -al menos en el Perú- no puedes usar tu auto.

 

En estos días, leía el evangelio de Mateo, el capítulo 14:22-30, cuando Jesús camina sobre las aguas. Después de alimentar a cinco mil personas, el Señor despide a la multitud y manda a sus discípulos a cruzar el Mar de Galilea, mientras Él sube a un monte a orar. Entonces, la noche llega y los fuertes vientos levantan grandes olas, situación común en aquellas aguas.  

 

Así me siento yo y quizás tú también, en una embarcación en medio de una tormenta, lleno de temor, pues las olas crecen y amenazan con hundirnos. Las noticias son como las olas de la tempestad que arrecian contra la barca de nuestra vida. Es lo malo de tener canales de noticias las 24 horas, estas se repiten una y otra vez, y muestran cómo avanza el virus en nuestro país y el mundo. Los expertos analizan el impacto económico de la pandemia, se menciona el incremento del número de infectados y fallecidos, lo cual aumenta la incertidumbre; sin embargo, es justamente cuando debemos apagar el televisor por unos momentos y levantar nuestros ojos al cielo. 

 

Leamos el pasaje de Mateo 14:22-30 (NTV). 

Inmediatamente después, Jesús insistió en que los discípulos regresaran a la barca y cruzaran al otro lado del lago mientras él enviaba a la gente a casa. Después de despedir a la gente, subió a las colinas para orar a solas. Mientras estaba allí solo, cayó la noche. Mientras tanto, los discípulos se encontraban en problemas lejos de tierra firme, ya que se había levantado un fuerte viento y luchaban contra grandes olas. A eso de las tres de la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el agua. Cuando los discípulos lo vieron caminar sobre el agua, quedaron aterrados. Llenos de miedo, clamaron: ¡es un fantasma!

Pero Jesús les habló de inmediato: no tengan miedo, dijo, ¡tengan ánimo!, ¡yo estoy aquí!

Entonces, Pedro lo llamó: Señor, si realmente eres tú, ordéname que vaya hacia ti caminando sobre el agua. Sí, ven, dijo Jesús.

Entonces, Pedro se bajó por el costado de la barca y caminó sobre el agua hacia Jesús, pero cuando vio el fuerte viento y las olas, se aterrorizó y comenzó a hundirse. 

¡Sálvame, Señor!, gritó.

 

Cuando estamos ansiosos y preocupados por todo lo que está pasando alrededor nuestro, levantemos la mirada y veamos a nuestro Salvador que se acerca a nosotros y nos dice lo mismo: no temas yo estoy contigo. 

 

 

Una vez que reconocen al Maestro, los discípulos se animan, ¡se les pasa el susto!  Pedro, un hombre impulsivo, tiene un arrebato de fe y le dice “si eres tú, manda a que yo vaya a ti sobre las aguas”.  Jesús le responde, “ven”.  Así es como Pedro desciende del barco y comienza a caminar sobre las aguas.  Todo va bien hasta que se da cuenta de la fuerza del viento, mira las olas, tiene miedo, comienza a hundirse y grita “¡Sálvame, Señor!”.

 

Quizás nos pasa lo mismo que a Pedro, en medio esta situación crítica, vemos a nuestro Salvador y cobramos fuerzas, damos pasos de fe al enfrentar la crisis. Animamos a otros, los llamamos por teléfono, oramos por ellos, pero en un momento, nuestra mirada vuelve a la tormenta, a fuertes vientos que arrecian en nuestra cara. Puede ser una llamada telefónica que te anuncia que un familiar enfermó, o que un amigo es llevado al hospital, o te avisan que ya no tienes trabajo; en ese momento, alejamos la mirada del Maestro, nos hundimos en la desesperación y clamamos como Pedro, ¡sálvame, Señor!  La respuesta de nuestro amado Salvador no se hace esperar, leamos el verso 31:

 

De inmediato, Jesús extendió la mano y lo agarró.

Tienes tan poca fe, le dijo Jesús, ¿por qué dudaste de mí?

 

Él está siempre cerca, nos escucha y nos extiende su mano. Lo que le pasó a Pedro, nos sucede a nosotros también. Él dejó de mirar a Jesús, volvió sus ojos al fuerte viento y las olas, tuvo miedo y se hundió. Las circunstancias y las malas noticias producen temor, el cual nos paraliza y hunde. No dejemos de ver a nuestro Señor en medio de esta tormenta que nos toca vivir.  Él ha prometido estar con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Aquello me recuerda la promesa de Dios a su pueblo Israel en Isaías 43:2-3a (NTV), la cual que podemos hacer nuestra, ya que ahora somos de su pueblo también: 

 

Cuando pases por aguas profundas, yo estaré contigo. Cuando pases por ríos de dificultad, no te ahogarás. Cuando pases por el fuego de la opresión, no te quemarás; las llamas no te consumirán. Pues yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador.

 

Dios sabe que el temor es cercano a nosotros. De hecho, la expresión “no temas” es una de las que más se repite en la Biblia, Isaías 43:5 nos la recuerda.

 

No tengas miedo, porque yo estoy contigo.

 

Y Jesús nos dice “no temas, soy yo”, estoy aquí. Él nos ama, nos ama tanto que dio su vida por nosotros al morir en la cruz. Pero no se quedó en la tumba, sino que resucitó, está vivo y, por eso, promete estar con nosotros todos los días hasta el final. Recuerda también que “el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18). Cuando miramos a Jesús, cuando lo conocemos más por la Palabra, por la fe podremos ver sus ojos amorosos, escuchar su tierna voz y eso alejará el temor.  

 

Cuidemos nuestros pensamientos, no dejemos que el exceso de noticias nos afecte y se lleve nuestra fe. Sigamos el consejo del apóstol Pablo en Filipenses 4: 6-7 (DHH).

 

No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también. Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús.

 

Si algo nos preocupa, llevémoslo en oración a nuestro Padre celestial para que Él nos de la paz, esa que tanto necesitamos. Observa lo que Pablo dice, que es una paz que va más allá de nuestro entendimiento, es sobrenatural, y que cuidará nuestros pensamientos. Eso es lo que necesitamos. 

 

Solo Jesús puede darte verdadera paz en las tormentas de la vida, como la que estamos viviendo en estos momentos. ¿Lo conoces? Él quiere estar cerca de ti, Él toca a tu puerta. Depende de ti, abrirle, solo tienes mover la manija de la puerta e invitarlo a entrar en tu vida. Dile, Jesús, perdóname por haberte ignorado todo este tiempo, me arrepiento del mal que he hecho, ayúdame, sálvame; no puedo enfrentar esta crisis solo. Ven a mi vida, te doy el control de la misma. Si lo haces, Él ha prometido entrar y estar contigo para siempre.  ¿Lo harás?

 

 

 

 

 

Pedro Gismondi ha sido pastor y misionero por 22 años, y desde el 2015 es director ejecutivo de RZIM para Latinoamérica.