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Una Esperanza Realista en Adviento – RZIM Latam

Una Esperanza Realista en Adviento

Por Cameron McAllister

 

En una crónica del 2017 sobre los incendios forestales que asolaron el paisaje del sur de California, el reportero Thomas Curwen escribió: «En este clima y en este paisaje, el fuego es el gran igualador. Todos los desastres naturales lo son. Proporcionan un vistazo a la vulnerabilidad de los demás, sin importar su lugar en la vida. Houston. Florida. Puerto Rico.» Es una observación sabia, y una que forma un complemento ideal a las palabras de Cristo sobre el que hace «llover sobre justos e injustos» por igual.

 

Aunque frecuentemente insoportable, las dificultades y el dolor no son sorprendentes. Fue nadie menos que el Apóstol Pablo quien declaró, «Si nuestra esperanza en Cristo fuera únicamente para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los hombres». Mientras que una sobreestimación de «únicamente esta vida» lleva a la desesperación, una esperanza en la resurrección de Cristo y su reino venidero lleva a una convicción inquebrantable, una que permanece firme incluso cuando estamos excavando a través de las cenizas de las que fueron nuestras casas o enterrando a alguien que amamos.

 

El año 2020 ha sido difícil. Ha sido un año de desastres nacionales e internacionales, creciente inquietud política y pérdidas personales. En medio de estas terribles circunstancias, hablar de esperanza corre el riesgo de sonar no sólo ingenuo sino también francamente evasivo. ¿Cómo podemos hablar de esperanza en un mundo tan frágil?

 

 

 

 

Parte del problema es que a menudo mezclamos la esperanza con tener expectativas optimistas. En el acertadamente titulado Esperanza sin Optimismo, el crítico literario británico Terry Eagleton ofrece un afilado correctivo sobre nuestra forma de pensar. En su forma más elemental, «la esperanza consiste en deseo más expectativa. Es posible la expectativa sin desear, pero no se puede esperar sin desear».[1] La luz de comprobar el motor de su coche definitivamente despierta la expectativa, pero está lejos de ser un faro de esperanza. Por otro lado, las Escrituras están llenas de gente cuya esperanza de un consuelo más profundo resiste las circunstancias más graves: «El Abraham que sujeta un cuchillo contra la garganta de su hijo tiene esperanza, pero dudaríamos en calificarlo de optimista.»[2]

 

La canción de Simeón ofrece una de las más completas expresiones del tipo de esperanza que caracteriza la temporada de Adviento. Esta es la cuarta y última canción del evangelio de Lucas: Leemos el «Magnificat» de María, el «Benedictus» de Zacarías y el «Gloria» de los ángeles antes de llegar al cántico final de Simeón.

 

Los comentaristas en su mayoría creen que Simeón era bastante viejo; ya que el texto nos informa que el Espíritu Santo le había revelado que «no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor». Sabemos que era un hombre devoto y que esperaba ansiosamente la «salvación de Israel», que sus antiguos ojos miraban más allá de los innumerables insurrecciones y decepciones de su propio momento histórico hacia la gloriosa promesa de Miqueas 4:6-8, donde se proclama que el Señor reinará sobre su pueblo para siempre.

 

Cuando José y María llegan al templo para dedicar a Jesús, la esperanza de Simeón se ve reivindicada, y pronuncia estas palabras:

 

«Señor, ahora despides a este siervo tuyo,

y lo despides en paz, de acuerdo a tu palabra.

Mis ojos han visto ya tu salvación,

que has preparado a la vista de todos los pueblos:

luz reveladora para las naciones,

y gloria para tu pueblo Israel.» (Lucas 2, 29-32)

 

Es altamente coherente que esta enorme esperanza frecuentemente parecía estar en desacuerdo con el mundo en el que vivía Simeón, un mundo que desde hace mucho tiempo había relegado a la nación de Israel a una irrelevancia histórica. También es probable que Simeón tuviera sus detractores -varios autoproclamados «realistas» que señalaban el paisaje cultural y le amonestaron a dejar de frecuentar el templo y abandonar su esperanza de irreal por algún objetivo más tangible. Tal vez esto es parte de lo que Simeón quería decir cuando dijo que ahora podía «partir en paz». Sus años de devoción y de espera no fueron en vano.

 

Simeón estaba esperanzado, pero no era necesariamente optimista, y ciertamente no es ingenuo. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, es capaz de discernir que la salvación de la humanidad se retuerce en sus propios brazos. También es plenamente consciente de que va a morir, y, en una desconcertante acotación profética que debe haber marcado profundamente el corazón de María, declara a la madre de este pequeño niño, «a ti te traspasará el alma como una espada», que sirve como un indicio muy críptico de la propia muerte de Jesús.

 

La esperanza de Simeón permanece segura, incluso ante las dificultades y el dolor. No es un consuelo para los optimistas incorregibles y los llenos de meras ilusiones; es una esperanza para los oprimidos, los quebrantados de corazón, los afligidos, los cansados, los nostálgicos; una esperanza para aquellos que se niegan a pasar por alto el dolor y la grave injusticia del mundo. Pero también es una esperanza para los que se niegan a ceder a la desesperación, una esperanza que reconoce que el pesimismo recalcitrante es tan ingenuo y crédulo como el optimismo ciego. Es una esperanza no para la gente que desea escapar del mundo, sino para aquellos que desean verlo rehecho. Es una esperanza para los realistas.

 

En este tiempo de Adviento, miremos a Cristo y cantemos con Simeón, «Mis ojos han visto tu salvación».

 

Cameron McAllister
Cameron McAllister
Cameron es host de dos podcasts de la RZIM y es un escritor y orador prolífico, que a menudo explora la intersección del cristianismo y la cultura popular con un ángulo único y relevante.

 

[1] Terry Eagleton, Esperanza sin Optimismo (Editorial Taurus, 2016), 42.

 

[2] Ibid., 72.